Sorpresa a la hora del café
Serían las 9, cuando sonó el teléfono. Un poco maquinalmente,
estiró la mano, tomó el auricular y …
-
Hola …
-
Pero pedazo de imbécil, ¿qué hacés todavía ahí? ¡Hace 15 minutos que estoy sentada en el coche esperando!
La mujer estaba francamente enojada, y su voz (con algunos timbres
vulgares, pensaría después) por momentos era discordante. Pero eso
fue lo único que pudo concluir. Por lo demás, no tenía idea de
quién podía ser, ni mucho menos del motivo del reclamo.
-
Perdón … me parece que marcó un número equivocado … - esbozó
-
¿Vos sos Raúl? ¿El amigo de Martini?
-
Sí … ¿y con eso? – la referencia a Martini lo puso alerta. ¿Volvía el pasado?
-
¿No recibiste su mensaje? ¿Que tenías que ayudarme?
-
Ningún mensaje, lo lamento
-
Bueno, entonces enterate ahora: te estoy esperando en un Corsa gris a 50 metros de tu casa, sobre Entre Ríos, antes de llegar a Belgrano. Y más vale que te apures.
-
Epa, epa ... ¡más despacio! ¿Qué es esto? ¿De qué se trata?
-
Mirá, chabón, venís rápido y por las buenas, o se lo explicás vos a Martini.
Me quedó claro que Martini me había puesto al servicio de esta
mujer, y daba por sentado que tenía plena conciencia de que no tenía
otro camino más que obedecer.
Llegó hasta el auto, abrió la puerta del acompañante, y se sentó.
Recién cuando acomodó completamente el cuerpo en el asiento miró a
la conductora: una morocha bastante ordinaria pero vistosa, no muy
alta, a juzgar por la proximidad del asiento al volante, con más de
la mitad de los muslos a la vista. En cuanto él se sentó, ella puso
el auto en marcha y le ordenó que la guiara hasta Ushuaia y
Belgrano. Mientras le daba las indicaciones (muy simples, ya que
estaban sobre una de las calles), él trató de construir la pregunta
del modo más desinteresado posible, y que menos lo comprometiera,
pero no fue necesario
-
Vos te preguntarás si armé todo este lío con Martini solamente para preguntarte cómo llegar a un cierto lugar – su tono fue un poco más afable que antes, pero solamente un poco.
-
Bueno – continuó – hay un montón de caras que no conozco, y necesito una especie de guía de turismo – terminó, imitando una risa al final.
Cuando llegaron a la esquina, bastante al oeste de la ciudad, ella
dobló por Ushuaia y le dijo que buscara el número 354. Él
identificó el lugar: un gran muro con un portón, una construcción
que daba la idea de un depósito. Ella rodeó la manzana. En la mitad
del trayecto, le ordenó que cambiaran lugares, él debía tomar el
volante, y que condujera hasta estacionar casi enfrente del depósito,
pero por la vereda de enfrente. En cuanto el auto se detuvo, se echó
sobre él y le dijo
-
A partir de ahora somos una parejita dándose con todo, pero a vos no se te tiene que mover un pelo, y mirá bien qué pasa con ese portón.
Diciendo esto, hizo que la abrazara, y escondió
su cara en el cuello de él – el
perfume del pelo de ella le resultó inquietante
– mientras le preguntaba si no le obstruía la visual.
Cada tanto, ella se movía un poco, pero solamente para que la
simulación fuera más verosímil.
A los pocos minutos, una 4 x 4 con los vidrios polarizados giró
desde Belgrano, aminoró algo la velocidad y se detuvo contra la
vereda, unos metros más allá del portón. Desde adentro, alguien
empezó a abrirlo dejando entrever una construcción en regular
estado. Casi de inmediato, otras dos 4 x 4 doblaron desde Belgrano,
dirigiéndose lentamente al depósito. Raúl casi da un salto: la
primera de ellas es la que utiliza habitualmente el gobernador.
Alcanzó a distinguir dos figuras en el asiento trasero, una de ellas
claramente el gobernador, pero no pudo formarse idea de quién podía
ser el otro.
En la segunda camioneta, de los pasajeros, uno era claramente el
ministro de Gobierno (su altura no dejaba duda). La otra era una
mujer, a juzgar por el peinado más voluminoso. Algo de esa silueta
le provocó una extraña inquietud, aunque en ese momento no fue
completamente consciente de ello.
Las dos camionetas entraron al predio, y el portón comenzó a
cerrarse.
Raúl no salía de la sorpresa: ¿qué hacía el gobernador y uno de
sus ministros ahí, en esa construcción malmantenida?
Inmediatamente, escuchó la voz de la mujer
-
Bueno, ¿ahora qué esperás para arrancar e irnos? ¿Querés que los de la custodia se den cuenta que estamos simulando?
Sin duda, había perdido reflejos; un tiempo antes, nada hubiera
podido sorprenderlo tanto como para impedirle decidir el próximo
paso.
Arrancó, mientras ella lo acosaba a preguntas, pero ahora el control
lo tenía él.
-
Ahora te digo quiénes eran. Al menos los que distinguí. Pero además de estar fuera de training, hay algo raro y no me termino de dar cuenta qué es.
Rodeó la misma manzana, hasta llegar casi al punto simétrico del
depósito. Más o menos alineado con aquél, había otro muro y su
correspondiente portón, bastante más modestos de origen, y más
deteriorados.
Luego de estacionar, descendió y se acercó a ver si podía atisbar
algo por alguna rendija. Ella inició un movimiento como para
seguirlo, pero él, mediante gestos, le hizo entender que se quedara
en el coche. Finalmente encontró una hendidura entre las tablas. Y
lo que vio le despejó dos dudas simultáneamente, pero también lo
impulsó a correr hacia el auto, ponerlo en marcha y doblar por
Belgrano justo cuando la camioneta de la custodia giraba por la
esquina opuesta.
-
¿Me podés explicar qué carajo pasa?
-
¿No alcanzaste a ver la camioneta que doblaba en la otra esquina?
-
Ah, no …
-
Bueno, esperá que piense en un café tranquilo, y cambiamos figuritas.
Tratando de serenarse, buscó una paralela a Belgrano que le
permitiera marchar a baja velocidad, mientras intentaba digerir sus
hallazgos, y pensaba que el bolichito ése podía ser adecuado.
Estacionó como a dos cuadras, y caminaron sin hablar una palabra.
Efectivamente, el café estaba casi vacío, y encontraron una mesa en
el fondo.
-
¿Me vas a explicar qué es todo esto ? – dijo ella, tratando de disimular la bronca.
-
Yo te voy a decir todo, me importa un carajo, pero antes decime dos cosas. La primera, qué andás buscando acá. La segunda, por qué o cómo conseguiste que Martini te dé mi teléfono. Se supone que estoy borrado. En realidad, supongo que las dos respuestas están relacionadas, así que podés contestar en el orden que quieras.
-
Creemos que el gobernador usa fondos de narcotráfico para financiar campaña. Pero la única forma de escracharlo es poniendo escuchas en los teléfonos apropiados. Para eso, necesitamos identificar a los allegados a la maniobra. Acá hay mucha gente que juega doble, así que necesitábamos un perejil que conozca caras, pero sea seguro. Lo único que teníamos era la infidencia de un encuentro raro, más que nada por el lugar.
-
Ya entendí. Ahora te pincho el globo, o no. En realidad, esto que presenciaste hoy es que mi mujer me mete los cuernos con el gobernador, y que el lugar que eligió él o su custodia para que ella pase de un vehículo a otro es ése, porque tiene entrada y salida por dos calles. Pero no creo que un vulgar adulterio pueda servir para complicarle la reelección. No lo siento por ustedes, me da lo mismo. Lo siento por mí, que no me dí cuenta antes. Algún signo debe haber habido, y no supe verlo.
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